Antonio Tomasich y Haro nació en Almería en 1815, en el seno de una familia acaudalada dedicada al comercio marítimo en el Mediterráneo. Su padre, natural de Split (1787), destacó como naviero y combatiente contra las tropas napoleónicas, armando por su cuenta su flota y obteniendo importantes victorias, como la derrota del buque francés capitaneado por Babastro entre Marbella y Estepona. Por sus méritos recibió el empleo de teniente coronel de Caballería, el título de comandante de fragata y la Cruz Laureada. Tras la guerra, la familia se estableció en Almería, donde contrajo matrimonio con Magdalena Haro.
La ruina del negocio familiar motivó el traslado a Madrid, donde el rey Fernando VII costeó los estudios del joven Tomasich. En 1831, tras la muerte del monarca, se instaló en París, pero con dieciocho años regresó a España para unirse al bando carlista, incorporándose a los voluntarios de Aragón bajo el mando del general Ramón Cabrera. Alcanzó el grado de oficial de Estado Mayor y fue herido en combate, quedándole una visible cicatriz en la frente. Tras la derrota carlista, cruzó la frontera hacia Francia en 1840.
De nuevo en París, la necesidad económica lo llevó a dedicarse profesionalmente a la miniatura, disciplina para la que ya mostraba gran talento. Se formó con el miniaturista Picot, perfeccionando una técnica que pronto le proporcionó una amplia clientela. En 1844 realizó un autorretrato que evidencia su maestría y la cicatriz de guerra.
Su atractivo personal y su habilidad artística le abrieron las puertas de la Corte de Luis Felipe I de Orleans, consolidando su prestigio.
En 1846 viajó a México, donde alcanzó un éxito notable y contribuyó al auge de la miniatura en el país. Participó en las exposiciones de la Academia de San Carlos (1850‑1855) y entabló amistad con el pintor Pelegrín Clavé, quien lo retrató al óleo (obra conservada en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando).
Parte de la fortuna obtenida en México la invirtió en empresas mineras. Durante estos años residió también largas temporadas en Estados Unidos. En 1856 se trasladó a Cuba, sin perder sus vínculos artísticos con México.
En 1862, tras más de veinte años de ausencia, regresó a España y fijó su residencia en Madrid, aunque continuó viajando a París. A partir de entonces se desarrolló la etapa más fecunda de su carrera: se convirtió en el miniaturista más solicitado de la capital, manteniendo una clientela selecta que seguía apreciando la miniatura incluso en tiempos de la fotografía.
Recibió encargos de la Familia Real, la nobleza y destacadas personalidades. Fue considerado el mejor miniaturista español del siglo XIX y uno de los mejores de Europa, llegando a ser descrito como el último miniaturista de fama mundial.
El 20 de abril de 1864, Isabel II lo nombró miniaturista de Cámara, título que revalidaron Amadeo de Saboya y Alfonso XII (24 de abril de 1875).
Participó en numerosas exposiciones:
Entre 1872 y 1873 residió en Londres, donde retrató al príncipe de Gales (futuro Eduardo VII) y a lord Gladstone.
La Familia Real española mostró siempre gran aprecio por su obra. La infanta Isabel “La Chata” mantuvo con él una estrecha amistad. Tras su muerte, la reina regente María Cristina adquirió dos miniaturas suyas (1892), y en 1903 Alfonso XIII compró otra obra premiada en Londres y París.
En 1867 contrajo matrimonio con Leonie de Barrés y Bertrand, vizcondesa de Barrés, perteneciente a una familia legitimista francesa. Su retrato, realizado por Tomasich, se conserva en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.
Falleció en Madrid el 25 de octubre de 1891. Su producción, muy extensa, se reparte hoy entre colecciones públicas y, sobre todo, privadas de numerosos países.
Antonio Tomasich y Haro es una figura esencial de la miniatura europea del siglo XIX. Su técnica depurada, su prestigio internacional y su papel como miniaturista de Cámara lo sitúan entre los grandes retratistas de su tiempo. Su obra constituye un testimonio excepcional del refinamiento artístico previo al triunfo definitivo de la fotografía.